Ayer tuve un sueño de libertad; 67 años después, sigue siendo una falsa ilusión.
Con Donald Trump en la escena política, resurgió, como otras tantas veces, la esperanza de la desaparición definitiva del régimen comunista en Cuba y..., otra vez, aparece el mismo sueño de ayer de libertad, que, a todas luces, parece inalcanzable como otras tantas veces anteriores.
La ilusión de cambio parece hoy tan lejana como en el pasado.
¿Por qué?
La pregunta inevitable es: ¿quién asumirá la carga de ese muerto que es la isla de Cuba actual?
¿Quién tomará las riendas de una nación completamente en ruinas tras décadas de comunismo?
¿Cuál es el verdadero panorama que presenta la isla de Cuba al escenario mundial, a los cubanos exiliados, y no exiliados, y a los que no quieren ver la realidad de la isla?
Lo describo con frases cortas:
Cuba carece de industrias —el régimen las destruyó—, que las fábricas son obsoletas y funcionan a martillazos. La agricultura es inexistente, la que existe es incapaz de producir de alimentos básicos para cubrir las necesidades de los cubanos. La infraestructura eléctrica, además de obsoleta, es casi nula y con apagones de más de 20 horas diarias. Escasea de agua potable en mucha parte de las ciudades y pueblos. Acueductos construidos de cuando Cuba era colonia española. La población no tiene acceso a medicamentos indispensables, como para el tratamiento del cáncer o para pacientes con insuficiencia renal terminal. Los servicios hospitalarios, además de sucios, brillan por su ausencia. A todo esto, se suman la precariedad del transporte, el deterioro de carreteras, la ausencia de ferrocarriles, un déficit crónico de viviendas, que el régimen comunista no ha podido solucionar en 67 años.
A este escenario hay que añadir una población envejecida, una escasa fuerza laboral activa que permita impulsar la reconstrucción del país que, por supuesto, sí, llegarán los "ingenuos" inversionistas con contenedores llenos de dólares y con trabajadores extranjeros para evitar que sus dólares se pierdan entre las malezas de marabú que cubre la mayor parte de las tierras cultivables.
Surge la pregunta inevitable es:
¿Quién asumirá la carga económica de esa población envejecida mientras se "reconstruye" el país?
Han llovido cientos de "promesas" e ilusiones —fallidas— de políticos, representantes, congresistas, senadores y presidentes que han buscado el voto de los cubanos exiliados. También hubo traiciones, La de John F. Kennedy en Bahía de Cochino. Y la más despreciable de todas las traiciones: la de Barack Hussein Obama que fue a Cuba a estrecharle la mano a Raúl Castro, el comandante que ordenó fusilar a 72 cubanos, muchos inocentes, el 30 de agosto de 1959 y que su séquito los asesinó y arrojados sus cadáveres a las profundidades de la Fosa de las Caimán, en Mar Caribe.
Existen un refrán que he escuchado desde niño: El que vive de ilusiones, muere de desengaños.
Tal vez, los cubanos de la isla estén esperando que la LIBERTAD caiga del cielo, como el maná. Otros, muy ilusionados, esperan que llegue encina de una fragata de U.S. NAVY.
Sea cual sea la manera que llegue la libertad a Cuba, las preguntas inevitables siempre son y serán:
¿Quién asumirá la carga de ese muerto que es la isla de Cuba actual?
¿Quién tomará las riendas de una nación completamente en ruinas tras décadas de comunismo?
¿Quién asumirá la carga económica de esa población envejecida mientras se "reconstruye" el país?
Cuba no tiene petróleo.
El sueño de libertad está muy lejos de la realidad, con o sin Trump, y aún no señales ni respuestas claras que nos lleguen de la isla.
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